Por Miguel Ángel Fdez. del Valle, en Madrid, primer día de otoño de 1998.

El otoño ha llegado puntual como nunca, pintando el cielo de gris, tiñendo el suelo de lluvia.
Miro desde mi ventana: un niño pasea a su perro con aire displicente mientras una hoja cae imitando el vuelo de una mariposa. El paisaje es verde, la tarde duerme y la casa huele a té...
El otoño ha llegado, yo lo he visto, pero tras las nubes sé que el verano no ha respirado su último calor. Creo que saldré a pasear y buscaré una rosa entre los raíles del Metro, y cuando la encuentre, con ella en mi mano, emergeré creyendo que el aire de Madrid es puro.
El otoño ha llegado. Atascos y aglomeraciones. La gente se pierde entre la multitud. El tiempo parece dormido, y en el sudoroso letargo de un vagón sofocado me encuentro de pie con la mirada de una niña que me esquiva con sus ojos, no vaya a ser que descubra sus secretos.
Voy sin rumbo de andén en andén, viajando con la mente, buscando mi rosa, como esa mariposa a la que las hojas secas imitan al caer.
Cuando sea mayor yo también me perderé en un laberinto de escaleras y pasillos, como hizo mi Madre, como hizo mi Padre. Caminaré de la mano con mi hijo sosteniendo el paraguas, con los zapatos mojados, y le diré que a veces es bueno pisar algunos charcos -a mi ahora no me dejan-, y le enseñaré a buscar su rosa entre las vías del Metro. Al llegar a casa con los pies empapados le diremos a su madre que no se puede evitar. A lo mejor no se enfada, a lo mejor nos sonríe. ¡A lo mejor es la niña del vagón...!
Otra vez se abren las puertas y un tropel de gente sin sentido irrumpe fingiendo no saber que hace dos paradas que no cabe un alma. Me empujan, se hacen sitio, pero nadie me pide perdón. Todos me ignoran porque soy un niño. Me pregunto por qué los mayores esperan tanto para todo. Quizá soy irreal...
Sólo aquella niña parece preocupada por mí. Tiene gafas, como su madre, lleva uniforme de color azul, el pelo recogido a los lados y no se ríe. Parece mayor. Creo que esa niña sabe más que yo. Seguro que estudia mucho y no le quedan asignaturas para septiembre; es buena. Yo, a mis padres, les tengo fritos. Me paso el verano intentando recuperar, y cuando llegan las notas todos me riñen. Pero siempre apruebo. Bueno, casi siempre. Y aunque todavía no he repetido curso, me da mucho miedo.
¡Me gusta esa niña! Ella me mira con disimulo, de reojo, y su mamá también. Lo sabe... Tengo que ser más cauto, no quiero que la riña, y aunque su madre a veces parece querer sonreírme, otras me vigila. Ser niño está bien. Pienso que soy invisible... ¿Sentirá ella lo mismo? Creo que esa niña es como yo, porque no nos gustan las mismas cosas.
De nuevo ese chirriar que me avisa de la próxima estación. Abro un poco la boca, de esa manera el ruido hace menos daño a los oídos. Me lo enseñó mi padre. Cuando crezca quiero ser como él, pero con más dinero, así, en otoño, no tendré que viajar en Metro y la gente me pedirá perdón porque me verá.
Alguien me empuja al salir, y como una bola de billar hago carambola a los pies de una mujer mayor que también me empuja. El tren arranca bruscamente mientras busco dónde asirme. Me voy a caer, pero alguien alarga su brazo hasta mí y coge mi mano. Su mano es más pequeña que la mía, y más frágil. ¡Es la mano de aquella niña del vagón que viene a ayudarme! Cuando levanto mi cabeza veo su rostro sonriente que me pregunta si estoy bien. Esta niña es simpática, esta niña es buena, y ayuda a la gente.
Por un momento nos quedamos mirando hasta que su madre, discreta, le sacude el otro brazo tirando de ella, conteniendo una sonrisa infantil mientras se abren las puertas. Yo le digo "gracias" y las dos dicen "adiós".
Salgo del Metro con mi rosa en la mano, miro al cielo y respiro el aire de Madrid que ahora me parece puro, mientras una hoja cae imitando el vuelo de una mariposa.
El otoño ha llegado, la tarde duerme y la casa huele a té...